17 ene 2014

Welcome home (Sanitarium)

   Oigo un ruido a mis espaldas. Ya está aquí de nuevo. Menudo incordio. Miro hacia atrás, pero no lo veo; está tratando de esconderse de nuevo, pero no lo voy a buscar. Los pasos están por todas partes. En el piso de arriba, en el tejado, por las paredes... Si aguzase el oído, lograría escuchar las pisadas en el barro por la ventana, pero no me apetece prestarles atención. Es la hora de jugar a póker en el sótano, pero no quiero. Hoy no quiero aguantarlos, no quiero relacionarme con ellos, no quiero sus malditas risas penetrantes, agudas y chillonas. No quiero ver sus ojos saltones ni sus infames sonrisas de oreja a oreja. Hoy quiero estar solo. 

   Me levanto de la butaca y me dirijo al pasillo. Hay ojos mirándome por todas partes, me saludan y me comentan cosas de su día a día, del trabajo, pero yo les ignoro. Llego al pasillo y avanzo por él. A mitad de camino me topo con un bulto. Lo esquivo y sigo mi trayecto. Estoy en la habitación, sucia y desordenada. Esos cabrones se han vuelto a escaquear de limpiarla. Les gritaría, pero no tengo ganas. No hoy. Un fino hilo de luz se abre paso entre las cortinas. Corro a cerrarlas bien, no quiero que me molesten.

   Ya ves, ahora soy feliz. Desde que te fuiste, ya nunca estoy solo. Desde que te fuiste, desde que estás conmigo, estoy rodeado de criaturas que me adoran, que me quieren. Estoy rodeado de ti. Hace tiempo que no salgo de casa, la gente dice que estoy loco, que soy un tío raro, pero yo no los necesito a ellos. Estoy bien aquí, sólo, contigo, con ellos. Quizá esté loco, qué más da. Si es así, toma esta locura, mi locura. Tu locura. Pues al fin y al cabo es tuya, como todo. Como nada.

   Las cortinas vuelven a abrirse ligeramente y creo ver tu rostro al otro lado de la ventana abierta. El viento las mece y logro verte de cuerpo entero, ahí pasmada, como un ángel. Tus ojos me miran fijamente, llamándome a ir contigo. Me quedo inmóvil, bloqueado, y de repente me sorprendo saltando por la ventana para coger tu mano. Me sonríes, y me agarras. Después, un gran chasquido, y nada. 

   Soy idiota, me digo. Esa no eras tú. Tú no podías estar ahí. Tú estabas en la casa, dentro. Sí, dentro. Yo me había asegurado de ello. Estabas dentro, en el salón, en el pasillo, en todas partes. Pero no fuera. No, fuera nunca. Tú no podías salir fuera, exactamente igual que yo. Pero yo ahora estoy fuera. Estoy fuera, y por culpa de mi estupidez, ya no podré volver a estar contigo.

   Vuelve conmigo, por favor.


   «No sé si me conviene la memoria a largo plazo. Será por ese yo nostálgico extremo que asoma.»

14 ene 2014

Dinámica relativista

   La habitación está oscura. Hay un bulto en el sillón, debo de ser yo. Llueve. No fuera, allí está calmado, pero llueve. Las imágenes pasan rápidamente como si fuesen relámpagos. Nunca me han dado miedo las tormentas, pero esta me aterroriza. A cada destello, una convulsión, un estallido, una agonía. La lluvia cae cada vez más fuerte, con rabia, como cuchilladas. Duele. Miro por la ventana: soleado. El telediario no ayuda. No le presto atención, pero está ahí, como un zumbido molesto que no me deja oír mis pensamientos. Supongo que por eso está puesto.

   No quiero estar aquí. Pero dónde voy a ir, pienso. No quiero estar en ningún sitio. Quiero irme, irme lejos. Quiero estar solo, que nadie me moleste. Tengo miedo de quedarme a solas con mis demonios. Es una situación complicada, difícil de explicar. Necesito algo, pero no sé qué. Supongo que un imposible, un milagro. Como se me aparezca la virgen ahora mismo, la echo a patadas, la pienso golpear hasta que sangre y esté inconsciente y no vuelva a levantarse nunca. Necesito desahogarme. Necesito estar solo. No quiero quedarme solo. Tengo miedo. Recuerdo ese momento a la sombra del porche. Fuera llovía. Pero llovía de verdad, físicamente. Eso me gusta, me relaja. Un abrazo. Una puñalada, una sonrisa. Duele, pero es cálido. Tengo frío, frío para mis adentros, frío para mi alma. Si es que alguna vez tuve de eso. Creo que hace tiempo que dejé de ser humano.

   El Principito sólo se preocupaba por dos cosas en la vida: él mismo, y su flor. Su hermosa flor, una rarísima flor que sólo crecía en su planeta, que sólo crecía para él. Es irónico que un simple niño sepa más sobre la vida que cualquiera de nosotros, adultos formados, hechos y derechos, personas decentes. Pero eso es en la teoría. En realidad no tenemos ni idea. Ni la tendremos nunca. Mi misantropía aumenta a cada golpe de reloj. Quizá necesite esa flor que tanto quería aquel pobre niño. Quizá ese niño sea yo. Niño nostálgico y desamparado, en busca de su hogar.

   All in. Aposté todo y perdí. Me quedé sin nada. ¿Y ahora qué? Ahora sólo queda el vacío. Si miras fijamente hacia el fondo del abismo, el abismo te devuelve la mirada. Ahora sólo me queda estar solo, sufrir en silencio, encogerme debajo de la mesa hasta que pase el terremoto. Si es que pasa. Seguiré esperando el día en que lluevan pianos. Quizá sólo quede esperar a que llegue mi serpiente.


   «Quedarse a solas con esta cabeza, te juro que puede aterrar.»

9 dic 2013

Polvo y escarcha

   Seis mil y pico días sin vivir, mañana empiezo. Nunca me ha importado vivir poco, morir joven. Sin embargo, me gustaría probar la experiencia de vivir realmente antes de mi último suspiro. Porque respiro, me me alimento, me relaciono —aunque no sea demasiado— y todas esas cosas que dicen los científicos, pero vivir es más que eso. Vivir es sentir todo lo que te rodea, sentirlo y sentirte en paz con ello y contigo mismo. ¿Pero realmente se puede sentir esa paz de algún modo? ¿Habrá alguien, en algún momento de su vida, conseguido vivir realmente, aunque fuera un simple instante? Necesito sentirme a gusto con el mundo, pero el mundo no lo pone fácil. Quizá la vida —o mejor dicho, el período de tiempo que sucede desde que te nacen hasta que tu organismo perece— se pueda describir como una sucesión de decepciones, de golpes y más golpes. Un chasco tras otro. Pero yo no quiero esto, yo quiero vivir. Quiero vivir de verdad. Quiero sentir la vida. Quiero olerla, tocarla, saborearla, inhalarla en una calada de tabaco barato, beberla del fondo de un vaso de whiskey. Quiero sentir.

   Ya lo dijo Dylan, los tiempos cambian, o igual somos nosotros los que cambiamos con el tiempo. Distintos intereses, distintas perspectivas, distintas personas. Pero siempre buscamos lo mismo, siempre en esa desesperada búsqueda de la felicidad, esa carrera desafortunada por sobrevivir. ¿Esto es vida? Esto es una mierda. Todo eso no es más que una triste basura, autoengaños para sentirnos seguros, para sentirnos en calma por dentro. Yo no quiero esa putrefacta versión de la vida, quiero mi propia versión de la vida, la verdadera versión de la vida. Porque, al fin y al cabo, lo cierto es cierto si es propio, y no por aparecer en los libros. 

   Vivir es disfrutar cada momento que te mata, saborear cada amargo trago de decepción, sentirte feliz con cada segundo de depresión. Yo no vivo cuando respiro. Los latidos no son de vida si no son por alguien. Yo vivo cuando me siento ante una multitud confusa, distraída, atenta a sus propios pensamientos. No es la sangre quien mantiene la vida, lo que mantiene la vida son las palabras, los gestos, un abrazo, apoyar mi barbilla sobre su cabeza, escribir sin pensar lo que vas a poner, publicar sin revisar, beber sin pensar en la resaca del domingo, disfrutar la resaca sin arrepentirte de haber bebido. Vivir es disfrutar de cada momento, cada detalle, sentirlo como si fuera parte de tu cuerpo; vivir depender de todos, no de una sola persona. Vivir es, al fin y al cabo, todo lo que nos han enseñado que no hay que hacer.

   Tenerle miedo a la muerte es absurdo. No puedes morir sin haber vivido primero. Y por esto quiero vivir, porque quiero morir. Quiero morir, pero sin tenerle miedo a la muerte. Quiero, cuando llegue el día, saludar a la parca como si fuera un colega de toda la vida, que me mire a los ojos, sin piedad en la mirada, y piense «tú sí que sabes, tío». Por todo esto es por lo que voy a empezar a luchar por lo que quiero, y que le den al resto. Voy a aferrarme a la vida hasta que llegue el día de mi muerte, y entonces miraré atrás y seré feliz.


   «De las noches cansadas, de las horas pasadas, de las gotas caídas al gran agujero azul, negro, del tiempo. Del soñar el momento y saber que lo quiero. De pensar y pasar, y pasar de pensar a pesar del aprieto. Beber. Despedirme de ti. Beber. Viajar en contra, salir de la norma. Volver a beber. Elegir nuevas ideas y luego contarlas, cambiarlas y volver a pensarlas con la ilusión de saber.»

3 dic 2013

El corazón de las tinieblas

   «Me hallé de nuevo en la ciudad sepulcral, donde me enojaba la vista de la gente que se apresuraba por las calles para birlarse dinero los unos a los otros, para devorar su infame comida, para engullir su cerveza insalubre y soñar sus insignificantes y estúpidos sueños. Aquella gente invadía mis pensamientos. Eran intrusos, cuyo conocimiento de la vida me resultaba una farsa irritante, porque estaba seguro de que ellos no podían saber las cosas que yo sabía. Su comportamiento, que era sencillamente el comportamiento de unos individuos corrientes que se dedicaban a sus asuntos sabiéndose totalmente seguros, me ofendía como las ultrajantes sustentaciones a insensatez ante un peligro que se es incapaz de comprender. No tenía ningún deseo en especial de dominarlos, pero me costó bastante contenerme y no reírme a carcajadas delante de sus rostros, tan llenos de estúpida importancia. 

   Me atrevería a decir que no estaba muy bien en aquella época. Vagaba por las calles, tenía algunos asuntos que resolver. Haciendo muecas amargas antes personas perfectamente respetables. Reconozco que mi conducta fue inexcusable, pero también es verdad que mi temperatura rara vez era la normal en aquellos días.»


Joseph Conrad — El corazón de las tinieblas

2 dic 2013

Pensamientos sin importancia de un hombre poco conocido

   «No esperes a que caiga esa manzana, cómetela». Esa frase se repite en mi cabeza, una y otra vez, como el tic tac de un reloj, que golpea suavemente, pero desgasta. Mi vida se basa últimamente en la indecisión. Estoy harto de tener que decidir, estoy harto de tener que pensar. Estoy harto, sobre todo, de este maldito tormento que me atrapa, que me mata por dentro a cada instante. No quiero tener que pensar continuamente en qué pasará si hago esto; quiero tener la capacidad de poder actuar, sin preocuparme por nada ni nadie. Quiero ser egoísta, quiero pensar en mí mismo y que le den al resto. Quiero ser libre de hacer lo que me plazca. Pero ojalá pudiera.

   Lejos quedan ya los días en los que mi mayor preocupación era poder quedarme viendo la televisión hasta más tarde de las diez y media. Esos días en los que la decisión más trascendental era fuego, agua o planta. Quiero que vuelvan esos días. Anhelo la dulce ignorancia de ser niño a cada segundo que pasa, la posibilidad de ser egoísta sin que nadie te mire mal ni haga comentarios al respecto, porque eres un niño. Necesito liberarme de todo lo que me oprime, necesito volver a ser el niño que fui. No quiero cadenas que me aten a personas, ni depender de los actos de los demás para poder sonreír. Quiero ser feliz viendo mis dibujos animados favoritos en la televisión, quiero poder sentirme libre con el viento azotándome la cara mientras bajo a toda velocidad aquella cuesta con el trineo. Echo de menos aquellos días en los que mi padre me regañaba por no querer echarme la siesta. Quiero que, cuando tenga un problema, mi madre me sonría y todo haya acabado, como antes. Quiero volver a ser feliz, como cuando era niño.

   En estos días sólo hay soledad. Una noche negra precede a otro día gris. En estos días nada parece surgir de la sombra. No hay linterna que se vea desde la cabaña del árbol. Ahora ya no hay estrellas fluorescentes en el techo de mi cuarto: se ha convertido en un sumidero de recuerdos, al que miro antes de dormir y que, ciertamente, no suele ayudar demasiado. Corren días de mirar al horizonte esperando que todo cambie pronto, sabiendo que no va a ser así. Como tenga que fingir otra sonrisa acabaré saltándome los dientes, como tenga que volver a cambiarlo todo por una persona romperé con todo vínculo que me una a cualquiera. No quiero depender de nada ni nadie, más que de mí mismo. Quiero volver a ser ese niño que solía ser. Quiero volver a ser feliz.



   «Porque el tiempo es asesino, metódico y sigue pautas. Yo de niño quise ser eterno, y no astronauta. Cuando entendí que moriría algún día, lloré y mi mamá me abrazaba y me protegía. Papá salía ya de noche del tajo, yo en la litera a oscuras esperando a que llegara. Yo me hacía el dormido arriba, y mi hermano abajo, para que su beso no pinchara en la cara. Pero más de veinte años después sigo siendo un niño que necesita cariño y no lo sabe dar. Mojo un verso y lo destiño, lloro y me riño, porque los chicos no lloran, tienen que pelear. Hijos del cannabis, del litro y de la química, dice mi atípica actividad cardíaca que demasiado rápido crecí. Alguien puso un whiskey delante de mí y se hizo un eclipse.Quiero ver amanecer, quiero volver a ver aparecer al sol y que no vuelva a anochecer. No quiero que vuelva a anochecer y estar solo, pensando que papá y mamá no van a volver.»

19 jul 2013

Sin nombre.

   Abro los ojos. Estoy subiendo unas escaleras. Cuento los peldaños. Uno, dos, tres, cuatro... Al poco tiempo pierdo la cuenta al ver una mancha de aceite en mis pantalones. Seguramente sea de la ensalada que comí a medio día, siempre me mancho comiendo. Eso no cambió nunca.

   Cierro los ojos. Me encuentro en una calle oscura, es de noche. Llueve ligeramente, estoy rodeado de una fina capa de humo. ¿Estoy fumando? Sí, estoy fumando. Hace tiempo que perdí aquella preciada costumbre de salir a la calle lloviendo y fumarme un cigarrillo, paseando con el único rumbo de mis auriculares. La gente se cruza conmigo sin siquiera mirarme, qué infelices parecen todos. Qué ingenuos, qué ignorantes. Siento aquel desprecio que solía sentir hacia la gente en general, ese desprecio que sigo sintiendo hacia la gente en general. Miro a los transeúntes con indiferencia y agacho la cabeza. Tengo la capucha empapada, una gota me baja por la frente hasta encontrarse con mi nariz, desde la que emprende un largo viaje hasta el suelo. Una larga caída. Abro los ojos y sonrío sombríamente.

   Ya estoy arriba. Camino hacia adelante y me siento cómodamente al filo de la vida, en el umbral de la muerte; sin miedo, sin dudar. No quiero seguir en este mundo, así que vuelvo a cerrar los ojos y pienso si aquella chica de la que me enamoré por primera vez con quince años se acordará aún de mí, si sabrá siquiera mi nombre todavía. ¿Enamorarse? ¿Qué estoy diciendo? ¿Qué es el amor? Qué es el amor. ¿No es el amor otra cosa que la obsesión por esconder los instintos sexuales hacia una persona, aplastar nuestro yo salvaje, animal, con la razón? El amor no es otra cosa que aquello que, allá en el siglo XIX, Nietzsche hubiese denominado «negación de la vida». 

   Echo de menos aquellos tiempos en los que me interesaba todo aquello. ¿Hice bien en abandonar aquel afán de saber? No dejé de estudiar, pero sí de aprender. Caí en el más oscuro escepticismo. Dejé de creer en todo cuanto creía. ¿Qué iba a saber yo, un simple mortal, un ingenuo, un humano? No, lo cierto es que dejé de ser humano a una edad muy temprana. Odio a la gente. Odio a la guerra. Odio a la paz, forzada bajo mentiras encubiertas. Odio al propio odio. Odio a los demás. Odio a mí mismo. Probablemente si hubiese encontrado a alguien igual que yo, lo hubiera odiado sobre todas las demás personas. No quiero volver a morder el suelo. «Morder el suelo», río amargamente. Irónico comentario en semejante situación. Quizá esa ironía no la haya perdido desde entonces; siempre abrazada fuertemente a mí, desde el nacimiento.

   Siento una suave brisa en mi cara, pero me niego a abrir los ojos, me niego a volver a la realidad. Recuerdo por un momento aquel sentimiento de pesimismo visionario. Por desgracia se quedó en simple pesimismo, con los años fue cesando la brisa de cambio, apagándose la llama de la revolución en mi interior, cada vez más convencido de que la única libertad que tiene el hombre es la de morir.  El óxido se apoderó de mi corazón hace ya tiempo. Intenté abandonar el sufrimiento de no saber, dejar atrás el ansia de conocer. Intenté ser un ignorante, como cualquier peatón corriente. Eso sólo empeoró las cosas: la sombra se apoderó de mí, y desde entonces no he conseguido iluminarme. Tampoco lo he intentado. 

   La brisa ahora es más fuerte que antes. Abro los ojos. Los cierro de nuevo al ver el suelo acercándose rápidamente hacia mí y recuerdo, como último pensamiento, esa frase de aquella canción que escuchaba en mi juventud, quién sabe de qué autor: «ayer el cielo fue profundamente negro».


   «Por vuestras calles se extiende un rumor, que vuestro miedo a decir la verdad en vuestras vías ha hecho un agujero para esqueletos de la soledad».

29 ene 2013

Rechinan los dientes del pueblo

   La oscuridad se tiende ante ti, a sus anchas, extendiéndose allá donde quiere y llegando hasta donde se le antoja. No eres capaz de vislumbrar el fin del abismo, y eso te hace pensar que no lo hay.  Te quieren hacer pensar que no tienes solución, que tus problemas son irreparables, que eres escoria sin valor alguno. Sois una pequeña parte de un enorme complejo, estáis en la parte más ínfima de la sociedad. Andas por la calle y vas pensando en problemas que, supuestamente, no te incumben. Tropiezas con el resto de hormigas, recorres el hormiguero sin plantearte si esto debería funcionar así. Esto es lo que te han impuesto, y tienes que acatarlo. Sobrevives gracias a duras horas de trabajo y consigues una miseria por ello. Y que no se te olvide, claro, agradar a todo el mundo.

   ¿De veras quieres aceptar esto? ¿De verdad piensas quedarte en tu sofá, sentado, observando cómo te absorben el cerebro y controlan tus actos los medios de comunicación? Te manejan desde arriba, como quieren, te llevan de un lado a otro y hacen llevan tu atención donde les interesa, desviándola de lo que de verdad importa. No les interesa que tú no tengas para comer mientras ellos tengan su ración de ternera guisada con confitura de cebolla y vinagre balsámico. Y claro que les importas, pero no les conviene que tú lo sepas. Quieren que pienses que no tienes nada que hacer, que el pueblo no tiene poder. Pero no se dan cuenta de que el pueblo es la masa, y la masa tiene la fuerza.

   Llegará el día en que las mentes social-adormecidas se alcen ante el poder opresor. Llegará el día en que el pueblo levante su puño para descargarlo con rabia sobre las cabezas de los de arriba. No nos hacen caso si rugen de hambre nuestros estómagos, pero nos temerán el día en que seamos nosotros quien rujamos. Arderán montañas de dinero en las plazas de los pueblos, se levantarán barricadas donde se alzarán los ciudadanos y lucharán lo que haga falta por lo que merecen. Te tienen miedo, no lo olvides. Tú eres el ploretario, y el ploretario tiene la fuerza. Hazles sufrir, hazles pagar lo que te han hecho vivir. Es tu decisión cambiar esto. Es tu responsabilidad.



«Y es que no quedan más cojones que luchar cuando ves que tu familia grita "sólo un trocito de pan".»

21 ago 2012

R-evolución

   Despertó, era la hora de la batalla. Miró a su alrededor y vio caras pálidas muertas de miedo. En el ambiente se respiraba terror. Se incorporó como pudo y observó el panorama. Había personas acuclilladas por todas partes, temblando, a punto de desfallecer. Aquel iba a ser el tercer día de batalla, los cadáveres estaban algo más adelante, en el campo de batalla. Allí el olor era insoportable.

   Media hora después todos ellos estarían involucrados de nuevo en aquella masacre sin sentido en la que caerían la mayoría. ¿Y por qué? La respuesta era sencilla: órdenes. ¿Dinero? Ellos no necesitaban dinero, eran campesinos, producían lo que consumían. No era cuestión de dinero; simplemente si no lo hacían, morirían. Irrumpieron en su casa y amenazaron con matar a su mujer y sus hijos si no iba a la guerra a que lo mataran, a morir por su patria. Todos sabían que iban a morir en aquel lugar, no tenían ninguna esperanza. En las guerras no gana nadie.

   Quizá fue una ráfaga de viento, o quizá un cambio en el olor del ambiente, ojalá un golpe de razón; pero se dio cuenta de que algo allí estaba fallando. «¿Por qué estoy haciendo esto?» se preguntó a sí mismo. No lo sabía, no tenía ni idea de qué estaba haciendo allí. No entendía por qué estaba defendiendo aquello con la fuerza, ni qué defendía. Fue entonces cuando cayó en la cuenta, fue entonces cuando todo cambió. Una expresión de ira iluminó su rostro. Le habían arrebatado la hoz, pero con el martillo le bastaba. Se inclinó y cogió un gran mazo apoyado en el suelo y empezó a andar. 

   Continuó avanzando hacia su destino durante un largo rato, paseando lentamente, disfrutando el momento. Poco a poco, sin darse cuenta, le fue apareciendo una sonrisa con un toque algo tétrico en la cara. Al cabo del rato llegó allí donde se dirigía. Miró a su rey a la cara. Se dio cuenta de que varias personas le habían seguido en el camino, pero no le importó. Levantó el mazo ante la mirada atónita de todo un pueblo explotado durante años y lo descargó contra la cara del monarca. La sangre lo salpicó todo y la cabeza estalló a la vez que los vítores de todos los presentes. Se dio la vuelta y empezó a andar de nuevo hacia su puesto con la satisfacción de que había cambiado el mundo.



   «El que se siente patriota, el que cree que defiende un país, es un tarado mental. La patria es un invento. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos, y eso sí se extraña».

3 jun 2012

Atlantia

   Durante miles de años los seres humanos hemos podido disfrutar del mejor regalo que los dioses dieran jamás a ningún ser vivo: la brisa, el viento, el hermano Sol y la hermana Luna, campos y praderas donde ver crecer a nuestros hijos, amaneceres bañados con el perfume que estornudan las flores en primavera, puestas de sol decoradas con los sueños aún por conseguir y, aunque parezca mentira, inteligencia. Pero el hombre blanco despreció aquel tesoro, y a medida que la vida le sonreía, él le contestaba dando patadas al destino.

   Si alguien lee esta carta, no olvide que el fin de esta civilización se debió al egoísmo, codicia e incultura de la raza humana. Los hombres ya no somos mamíferos, el ser humano no se convirtió en depredador; la raza humana somos simplemente un virus, matamos, crecemos y nos multiplicamos.

   Por eso nos extinguimos, por eso las aguas se tragaron nuestra civilización: la verdadera Atlántida éramos nosotros. Por eso dejo escrita esta nota, para formas de vida inteligente venideras.



   "Cuando los hombres escupen al suelo, se escupen a sí mismos."
Atlantia, Mägo de Oz

1 jun 2012

Pero tenemos dinero

   Hola, seas quien seas, estés donde estés. Seguramente estés preguntándote quién soy yo, y por qué escribo esto, por qué a ti. La respuesta es muy sencilla, en cuanto a mí, simplemente soy un alma en pena, de poca importancia, desesperada por huir de una sociedad cada vez más decadente. En cuanto a ti… bueno, esto simplemente ha llegado a ti por puro azar; solamente lo has encontrado, quizá por casualidad, quizá por destino. Lo has encontrado porque tienes que saber cuál es mi problema. 
   
   Mi problema es mi mundo. Mi mundo está sumido en un caos absoluto en el que solo se preocupan de una cosa llamada dinero —mejor no te explicaré lo que es esto, porque será mejor que no lo conozcas nunca. Aquí ya no nos preocupamos por ser felices, ni por estar vivos, ni siquiera por nosotros mismos. Ahora lo único que les importa es ese dichoso dinero. Los tiene absorbidos, los tortura. Resulta irónico que el hecho de que el papel, que tanto ha hecho evolucionar a los humanos, provoque ahora de repente un salto tan brusco hacia atrás. 

   Mi gente pasa la mitad de las horas de su vida metida en un recinto cerrado, sobre-explotada por personas "superiores a ellas" que las hacen trabajar hasta que no pueden más; todo esto por conseguir un pequeño beneficio. Pero este beneficio, en realidad no es más que un obstáculo más en la humanidad, un problema que se antepone a otros que deberían ser resueltos con una prioridad mucho mayor. Le damos al dinero una importancia que no tiene. Seguramente te preguntarás por qué hacemos esto. Lo cierto es que no lo sabemos ni nosotros. Te preguntarás quién sería la persona que inventaría semejante aberración. Esto tampoco lo sé, pero la maldigo todos los días al levantarme, y la maldeciré por el resto de mi vida. No tengo respuestas a estas preguntas, y seguramente nadie las tenga. La gente que piensa saber estas respuestas, en realidad, lo único que hace es engañarse a sí mismo pensando que todo esto es bueno para la humanidad.

   En realidad, no pretendo llegar a ningún sitio con todo esto. No pretendo hacer ninguna crítica constructiva, porque no hay nada que construir. Seguramente, cuando leas esto, yo estaré ya muerto, o loco. Cuando leas esto, mi mundo ya estará perdido; no hay nada que puedas hacer para arreglar esto. Si de verdad hay una razón para que yo haya escrito esto, y para que tú lo estés leyendo, es advertirte de que no permitas que hagan esto en tu mundo. No te dejes controlar por un puñado de billetes. Nunca pienses que éstos son algo más que unos cuantos papeles que, al fin y al cabo, no valen para nada más que para escribir. Te escribo esto para decirte que no permitas lo que nosotros hemos permitido, que nunca dejes de luchar por lo que vales.



   "No dejes nunca de luchar, porque el día que lo hagas, ellos estarán ahí para aprovecharse. Ellos estarán allí para alimentarse de ti."

20 ene 2012

Aún así, no hacemos nada

   Últimamente nos estamos acostumbrando a quejarnos por todo. Nos quejamos por el hambre, nos quejamos porque no hay dinero, porque hay crisis, porque el cielo es azul... Pero no hacemos nada por solucionarlo. Nos quejamos, sí, éso es lo que nos gusta. Nos sentimos mejor si criticamos errores ajenos, ya que así los nuestros parecen menos importantes. Necesitamos poner en evidencia las cualidades de los demás para olvidarnos de los mayores errores de nuestra vida, en un intento por liberarnos de la carga de la vida, aunque sea por unos instantes.
 
   Últimamente nos gusta quejarnos sobre que no hay acceso al agua potable para toda la población del mundo... De lo que no nos damos cuenta es de que la culpa es nuestra. Utilizamos nuestros enormes ejércitos de gases contaminantes, creados en las fábricas más diabólicas del universo, para destruir un paraíso que nos fue regalado sin obtener nada a cambio. Somos egoístas por naturaleza, tendemos a destruir; pero ese no es el tema. El tema es que este bien escasea a causa nuestra. No nos damos cuenta de que intentando lo imposible, habitando zonas extremas, para las que no estamos adaptados, no podemos pretender tener todos los recursos que en una zona apta para nosotros -si es que hay alguna.

   Nos extendemos con una plaga, aumentamos en número y en devastación. Quemamos la tierra a nuestro paso, dejando unicamente un rastro de muerte, de cenizas y de huesos a medio quemar. Pero no vamos a intentar cambiarlo, si los demás no hacen nada para evitarlo. Esa es la posición de todos y cada uno de nosotros. No camos a hacer nada por evitar nuestra autodestrucción, si los demás están andando hacia ella irremediablemente. De lo que no nos damos cuenta, es que al pensar esto, nadie empieza a cambiarlo, y así, nadie lo cambia.

   A lo que quiero llegar con todo esto, es a que somos completamente inconscientes de que con nuestro supuesto progreso, con nuestro avance tecnológico, con nuestro crecimiento, lo único que hacemos es dar un paso más hacia nuestro final. La avaricia nos ciega, y nos obliga a seguir adelante, por orgullo, por miedo, por egoísmo, quién sabe...






   "El día en que consigamos ver a los demás, entenderlos, y contar con su existencia, llegará. Ése día, volveremos a ser humanos."

23 nov 2011

El todo es más que la suma de sus partes.

   No sabemos lo que queremos. Ése es nuestro problema. Y si no sabemos qué es lo que queremos, por supuesto, nos equivocamos. Pero no cometemos pequeños errores, de los que perfectamente se pueden remendar con un "perdón" o un "lo siento". Son las grandes equivocaciones de la vida, las que cometemos nosotros. La propia confusión nos hace desquiciarnos, volvernos locos; nos hace consumirnos a nosotros mismos. Nos volatilizamos como la ceniza de un cigarrillo, que agoniza cada instante de su corta duración para finalmente, caer al vacío. Caemos incesantemente, sin ver jamás el fondo. Y lo peor de todo este panorama, es que no nos preocupamos. Nos da igual. Si no vemos el fondo, no caeremos jamás. Ése es otro de nuestros problemas. Si no vemos algo, simplemente no existe. No nos preocupamos por nada, ni nos preocuparemos. Pero si nos quitan el dinero, entonces sí nos afecta. Nos da igual que nos quiten la amistad, que nos quiten el amor, incluso que nos quiten la salud. Pero nuestro dinero es nuestro, y de nadie más.

   ¿Y qué pasa cuándo no hay dinero, ni para nosotros, ni para nadie? Entonces, ése es el momento de quejarse. Desde luego, si no tenemos dinero, no podemos conseguir nuestros preciados caprichos consumistas, no podemos conseguir todos los bienes terrenales que queramos. Y éso es lo que nos molesta. No nos importa que todos podamos acceder a un sistema médico, o a un sistema educativo correcto, que teóricamente sería lo mejor para todos. Pero estamos completamente decididos a malgastar nuestra vida en sinsentidos, en cosas insignificantes, que, sin darnos cuenta, nos quitan poco a poco la esencia de nuestra alma.

   Y, sin lugar a dudas, si el encargado de conseguir ese dinero para nosotros (que no representante), nos falla, nos quejamos, le tiramos de su puesto, y subimos al primer zoquete que encontremos mirando escaparates. Votar no vale para nada, haremos lo que nos ordenen. Nuestra opinión no cuenta, nos la dictan desde arriba. Somos simples marionetas de seres intocables con gomina y corbata, con elegantes trajes italianos y mocasines de piel de cocodrilo. No tenemos importancia, sólo somos un trámite más para conseguir los propósitos de nuestros superiores, para conseguir su propio poder.

   A lo que quiero llegar con todo ésto, es a que no somos nosotros los que estamos abajo. Somos los de arriba, y podemos ser nosotros quien manejen a esos "seres superiores". Nosotros mandamos, nosotros tenemos la capacidad de obtener el poder, porque somos más. Y el poder es la simple suma de pequeños puños. Pero para obtener el poder, hay que alzarlos. Lo que quiero decir, es que tenemos la responsabilidad de saber cuidar de nosotros mismos, y la estamos desperdiciando.


   "Seamos realistas, pidamos lo imposible" Comandante Ernesto Guevara.

3 nov 2011

Estás loco.

   Seguramente todo el mundo ha pensado alguna vez que el "tío de al lado" está loco, pirado, completamente paranoico. Le vemos hacer aspavientos con los brazos, gritar que tiene un dragón echando fuego por la boca enfrente de sus narices, corriendo en círculos, desesperado. Sin dudarlo ni un instante, decimos que ese pobre hombre está demente, que necesita ayuda. ¿Pero cómo sabemos que él es quien está mal, y no nosotros? Cabe una pequeña probabilidad de que ese ente que no podemos ver esté ahí realmente, y sea nuestra mente repleta de locura la que nos lo oculte a nosotros, y la mente sana de ese supuesto loco le permita por un casual verlo. En ese caso seríamos nosotros los que estaríamos locos. Pero ni siquiera te planteas el barajar esa posibilidad. Señalas a esa persona con tu retorcido y mugriento dedo, y le llamas loco en la cara, clavando tu infecta uña en la ya gangrenada herida de su alma. Te limitas a insultarle constantemente, y a golpearle, porque está loco, porque no ve lo mismo que tú ves. Y después de toda esa tortura, todavía le quedan varios años, si no es toda la vida, encerrado en una prisión donde le suministran drogas tres veces al día, donde le atan a una cama con correas, y donde no le dejan pensar nada que esté fuera de lo que ha comido esta mañana, o a qué hora se fue a dormir ayer.

   Así somos, amigos, y así seremos siempre. Somos hipócritas por naturaleza, y vamos a discriminar y a despreciar a quien no nos dé la razón como a los tontos. No nos damos cuenta de que estamos locos, todos sin excepción. Me equivoco, puede que haya un par o dos de excepciones, puede que esas personas desquiciadas, toda esa gente a la que metemos en psiquiátricos, que se están pudriendo en un manicomio, estén realmente cuerdas, sin darnos siquiera cuenta de ello.  Puede que en realidad todos estemos en un manicomio por locuras que hemos hecho en el pasado, que han cometido nuestros más lejanos ancestros. Quizá estemos en una celda de aislamiento que es este mundo que nos rodea, y nos aisla de todas las demás sociedades. A lo mejor no es que no podamos salir de la Tierra por la tecnología o los avances en la ciencia, si no porque no nos lo permiten, porque estamos encerrados.

   En definitiva, deberíamos cortarnos un poco más a la hora de juzgar la cordura de alguien, y, sobre todo, deberíamos valorar la nuestra antes que la de los demás. Aprendamos a perdonar, y seremos perdonados. Aprendamos a razonar, aprendamos a aceptar, aprendamos a ser iguales. Y, por encima de todo, aprendamos a aprender.


   "Seamos razonables, nadie está por encima de nadie."

17 oct 2011

La idea de la creación, la concepción de la aberración.

   Imagínate un mundo perfecto, un mundo bonito, un mundo maravilloso en el que no hubiera corrupción. Imagina un mundo en el que hubiera bosques, enormes y frondosos bosques de altas hayas, pinos, robles y encinas. Un mundo en el que todas las especies conviviesen en armonía entre ellas, viviendo y dejando vivir. Un lugar en el que no hubiera nada ni nadie que se alzara por encima de todo lo demás y quebrantase todo lo conocido de manera vil y cruel. Imagina la perfección pura, lo que para ti es más representa la belleza personificada, y plásmalo en tu imaginación. Imagina largos caminos a través de un hayedo, un camino que llega a un gran lago cristalino. Si quieres, podría haber unas cuantas nutrias correteando en la orilla, jugando con cuatro o cinco ratoncillos de campo. Al fin y al cabo, un mundo perfecto, una utopía maravillosa.

   Pero ambos sabemos que eso nunca ocurrirá. La cruda realidad es ésta: grandes ciudades que se divisan a kilómetros de distancia, enormes torres en contraste con los maravillosos bosques, fábricas despreciables que defecan sobre el firmamento virgen. Y, sobre todo, nosotros, los humanos, unos hombrecillos que desean el poder, y lo consiguen a través de la violencia, de la purga de especies, de la incineración de ecosistemas, y de la masacre de paisajes. Porque todo esto es culpa nuestra: nacemos, crecemos, contaminamos, consumimos, arrollamos, nos multiplicamos y perecemos. Pero todo esto ya no podemos arreglarlo.

   Dicen que sí, que toda la contaminación podría ser reducida, que podríamos dejar de contaminar tanto. Pero lo hecho, hecho está. No hay vuelta atrás, nuestro mundo agoniza, delira por la fiebre que nosotros le causamos, y, más tarde que temprano, acabará por morir. Esto es inevitable, pero no lo fue hace un tiempo. Nosotros lo hemos creado, y nosotros acarrearemos las consecuencias, al igual que todos. Cualquier animal sabe que no tiene que cagar donde come, pero, como dicen, el hombre es el único que tropieza dos veces con la misma piedra.

   Definitivamente, si nuestros antecesores vieran lo que hemos hecho, se hubieran suicidado en masa sin dudarlo un momento. ¿Quién querría ésto? Si alguien nos creó, si alguien está ahí arriba, por favor, que aparte densa nube de contaminación y eche un vistazo al panorama. Que observe lo que ha pasado, lo que ha hecho con nosotros, y tome medidas. Éso es lo que necesitamos, una solución divina, porque parece que nunca conseguiremos un bien humano por nuestra propia mano. Éso es lo que necesitamos: ayuda.


   "Dios creó el mundo en seis días; al séptimo descansó. Y al octavo se arrepintió."

5 oct 2011

Busca un poco.

   Fíjate en una persona al azar, y comprueba lo siguiente. Comprueba cuál es tu primera reacción, y en qué cosas te fijas. Lo primero que ves es la apariencia del individuo, si tiene el pelo largo o corto, si tiene las orejas más grande de lo normal, si la nariz es demasiado pequeña, si tiene muchos granos... Y ahí es donde nos quedamos, miramos si nos gusta o no, y ya está. ¿Para qué queremos saber más? Ya sabemos si es atractivo o no. Ya sabemos todo lo que queremos saber para saber si queremos conocer a esa persona.

   Fíjate más, busca, indaga en esa persona. ¿No ves nada? Inténtalo otra vez. Inténtalo con todas tus fuerzas. Concéntrate, relájate. Cierra los ojos, no los necesitarás. ¿Sigues sin ver nada? Ánimo, puedes con ello, no es tan difícil, sólo tienes que aprender a hacerlo. Cierra los puños, con todas tus fuerzas; aprieta los dientes. Esfuérzate. Tensa todos los músculos de tu cuerpo, aíslate de todo lo que hay a tu alrededor. Céntrate única y exclusivamente en esa persona. Siéntela. Cierra los ojos con fuerza. Empiezas a ver algo, ¿verdad? Ves una especie de cajita, un cubo azul, que gira y da vueltas y vueltas. ¿Ahora sí? Ahora te das cuenta que lo viste desde el principio, que siempre ha estado ahí; pero no le diste importancia, nunca le diste importancia. Y sigue sin parecerte algo importante. 

   Pero fíjate dentro de esa cajita, parece que tenga millones de fantasmas en su interior, ¿verdad? Enhorabuena, acabas de descubrir la personalidad de una persona. Ahora podrás saber cómo es alguien, y poder conocerlo tal y como es, además de su físico. Si aprendes a leer bien las sombras de esa caja, aprenderás cómo es esa persona. Habrá cosas que te gustarán, y otras que no; pero la vida es así. Ahora es cuando puedes juzgar a esa persona.


   "Las personas son personas, y no cuadros bonitos que únicamente haya que mirar. Recuérdalo."

25 sept 2011

Y vive un día detrás de otro, los terrores del pasado.

   Miró a su alrededor, asustado. Vio que estaba en mitad de las ruinas de una ciudad, demolida completamente a causa de las múltiples explosiones que entre sus calles se habían dado. Entonces lo vio, pilas de cadáveres esparcidos por todo el terreno, hombres heridos mortalmente tirados en el suelo, y gente gritando por todas partes. Había mucho movimiento, no entendía nada. Todo el mundo corría de un lado para otro. Vio que un hombre que gritaba a los demás, dando ordenes, le miraba y le decía que por qué estaba ahí plantado, que se moviese y se metiese en la refriega.

   Entonces se le ocurrió mirarse a sí mismo: iba vestido con una camisa marrón y llevaba una especie de cinturón con brillantes cilindros puestos en fila; tenía un pantalón marrón con muchos bolsillos, metido en los tobillos por dentro de las pesadas botas que le impedían moverse con agilidad. Estaba muy confuso, odiaba aquello, no sabía qué estaba pasando allí. Pensó que estaba todo el mundo loco. Entonces el hombre que daba órdenes le volvió a gritar, diciéndole que se moviese de ahí a no ser que quisiera morir.

   Él hizo lo que le decían, corrió a duras penas por culpa del peso de las botas hacia una casa derruida a medias, donde creía que estaría a salvo. Allí se encontró con otros dos hombres, uno estaba con un pesado instrumento apoyado en el alféizar de la ventana, y el otro estaba ayudandole, metiendo los mismos cilindros que él llevaba colgados del dorso. Se puso en cuclillas en una esquina, intentando protegerse de sus miedos, de la sensación de vacío que le producía aquello, preguntándose qué haría allí otra vez. Pensó que él se había ido de allí ya, no quería volver jamás. ¿Por qué estaba allí de nuevo, entonces? Quería salir de allí con todas sus fuerzas. No quería vivir aquello de nuevo.

   Entonces todo pasó muy rápido. Vio un montón de escombros precipitándose hacia el suelo. De repente dejó de oír. No podía oír nada, solo veía hombres corriendo de un lado a otro, más alterados todavía que antes. Miró hacia abajo, y vio mucha sangre; cada vez más. Una repentina y horrible sensación de dolor empezó a recorrerle; no podía soportarlo. Era lo peor que había sentido nunca. Entonces vio todo blanco, todo se desvaneció.

   Un fuerte estruendo le despertó de nuevo, estaba en el mismo sitio de antes, pero era diferente. Había muchas piedras encima suyo, piedras muy grandes. Y lo comprendió todo: la casa se había venido abajo. Los otros dos hombres que había habido con él estaban tendidos en el suelo, sin vida. Volvió a sentir ese dolor, esa terrible sensación que le recorría toda la pierna derecha. Pero no la pudo ver, no estaba ahí. Donde debería estar su pierna solo había un enorme charco de sangre y un montón de escombros. "No puedo más, necesito salir de aquí", pensó, "Quiero salir de aquí, quiero salir de aquí, quiero salir de aquí..."

   Entonces todo se puso blanco de nuevo, volvió a no ver nada. Se despertó sobresaltado, con el torso desnudo y las sábanas de su cama cubiertos de sudor. Entonces vio su pierna mutilada y se dio cuenta, solo había sido un sueño. Odiaba tener que vivir eso todas y cada una de las noches, odiaba aquellos malditos fantasmas que le acosaban, que no le dejaban vivir.

   Abrió el cajón de la mesita de noche, sacó la pistola que guardaba dentro y la cargó. Se quedó mirándola, maldiciendo la maldita guerra que tuvo que vivir y que le había hecho perder todo lo que tenía en el mundo. Volvió a mirar la pistola una vez más, como hacía cada día, y la dejó en el cajón de nuevo. Se irguió en la cama y se sentó como pudo en la silla de ruedas. "Sólo un día más", se dijo a sí mismo.


   "La guerra es la solución cobarde que busca la gente a los problemas de la paz."

21 sept 2011

Esperaremos.

   Sí, no. Puede. Siempre las mismas respuestas, pero nunca hay argumentos. ¿Existe Dios? Quien dice que sí, ¿por qué lo dice? Y exactamente lo mismo al revés. No sabemos dar argumentos, somos así. Nos creemos todo lo que nos dicen simplemente porque "nos lo han contado".

   Dios existe, dicen algunos, porque creó el hombre de la nada, y le dotó de inteligencia. ¿Para qué? ¿Para alzar el Reino de la Tierra al punto más alto y luego tirarlo hacia el abismo en el que está el suelo, con todas sus fuerzas? ¿O quizá para aprender a esclavizar todas las demás especies para su propio interés? Éso, amigos, nadie lo sabe.

   Pero de lo que no se da cuenta la gente, es que a demás de crear al hombre, creó con él la desigualdad. Creó a los hombres con un caprichoso instinto de sentirse superiores a las mujeres desde sus orígenes. Un hombre que cree que es superior que otro por tener la piel ligeramente más clara, los ojos menos rasgados. Un hombre que se burla de sus iguales por no ser delgados, por tener la nariz muy grande, o por tener los ojos muy pequeños.

   Toda la gente que defiende esto, tiene unas ideas establecidas, de generación en generación, que marcan la pauta de su comportamiento y les dice cómo tienen que actuar. Unas pautas que le dicen que no tiene que cometer pecados, que tiene que obrar bien con el prójimo; todo ésto porque después de esta vida le espera otra mucho mejor -el paraíso, lo llaman-, en la que todo es de colores, y el mundo es puro. Les aconsejan que se porten bien, porque si no un señor rojo, con cuernos, pezuñas y tridente les pinchará en el culo; pero no les aconsejan porque sea lo que está mejor para los demás, porque es una forma generosa de actuar. Todo eso les da igual, lo único que les importan son ellos. Al fin y al cabo, si le dijeras a un niño que no tiene que pegar a su amigo porque está mal, lo haría igualmente; tendrías que ofrecerle un caramelo a cambio de que te haga caso. La gente "adulta" son niños encerrados en un cuerpo de mayor; nunca madurarán.

  A pesar de todo, todos somos iguales, católicos, judíos, musulmanes o ateos. Todos nos guiamos por nuestros propios intereses egoístas. Y en lo único que coincidimos  es que necesitamos a alguien capaz de guiarnos hacia la lejana luz. Alguien que consiga sacarnos de este agujero en el que hemos caído y no sabemos salir. Necesitamos ayuda.


   "Por eso escribo esta carta, para que alguien la encuentre, y venga a sacarnos de aquí, venga a conseguir implantar la buena intención en una sociedad egoísta, que nos diga lo que está bien y lo que no. Por eso escribo ésto, para que nos ayudes; para que me ayudes. Te espero"

18 sept 2011

Hagámoslo, por favor.

   Violencia, sexismo, prejuicios, racismo, violaciones, guerras, matanzas, avaricia, egoísmo... Si te pararas a pensar un momento la sociedad que hemos creado, ¿te gustaría? Claro que no, por eso no lo haces. Al fin y al cabo, lo mejor es la ignorancia: no te preocupas por los problemas -ya que ni siquiera los conoces-, vives en un mundo feliz y sin preocupaciones, y en resumen, todo te da igual. Porque siempre vamos a preferir estar contentos, con una jarra de vino en la mano, tumbados en una hamaca, con alguien que nos abanique, y sin hacer absolutamente nada en la vida. Éso es lo que queremos en la vida, tenerlo todo sin hacer nada por tenerlo, ¡bendita pereza!

   Pero si te parases a pensarlo, una sola vez, un segundo; te darías cuenta de que lo que estamos haciendo no está bien. Vemos una noticia, en nuestra televisión de plasma de 54", sobre un atentado terrorista en cualquier lugar del mundo, en el que han muerto cientos de personas, y nos da igual. ¿Dónde ha quedado el simple pero perfecto canon de "paz y amor"? Ya no nos conformamos solo con eso, necesitamos más. Necesitamos dinero, necesitamos una casa grande, un coche bueno, necesitamos putas. Y si eso nos quita la paz y el amor, ¡a la mierda! Tenemos el dinero, tenemos el coche, tenemos las putas, ¿qué más dará el resto?

   Y si tienes todo ésto, ¿por qué vas a tratar con personas que son mejores que tú, que no llegan hasta tu nivel? Pero tú no eres mejor que nadie, como crees. Porque nadie es mejor que nadie, ya tenga más o menos dinero, un coche mejor o peor, una casa más grande, o más putas a la semana. Todo eso da igual. ¿Es que tienes derecho de ser mejor que alguien simplemente porque sea negro, chino, hindú, alemán o de Marte? No, no tienes el derecho.

   Pero aún así, sigo teniendo esperanza. Sigo teniendo la esperanza de que alguien se dé cuenta alguna vez de que ésto no está bien. Que se pare a pensarlo, aunque sea una persona. Porque quizá, si una persona lo hace,      el resto también empiece a darse cuenta de todo. Puede que empiecen a trazar esquemas de su mundo, un mundo feliz. Puede que empiecen a nadar a contracorriente, como nadie nunca antes ha hecho, hasta conseguir sus propósitos en la vida, hasta conseguir ayudar a los demás. Ésa es mi esperanza, y nadie me la quitará jamás.


"Cojámonos de las manos, y corramos en dirección contraria sin que nadie pueda separarnos, en un intento suicida pero perfecto de inmolarnos en una sociedad mejor."

4 sept 2011

¿Para qué preocuparse?

   Observemos la situación, nuestro mundo se pudre, nuestra raza avanza hacia su autodestrucción en un desesperado intento de ser dios, las calles de nuestras ciudades están infestadas de ratas dedicadas a destruir su entorno. Hablemos claro, estamos perdidos. Somos una especie dotada de inteligencia, con la posibilidad de ascender hasta lo más alto, de ayudar a todas las demás, de llegar a un mundo mejor. Y, sin embargo, ¿cómo la utilizamos? Destruyendo, machacando, aplastando, asesinando, masacrando. Y si alguna vez utilizamos esta bendita dote, ¿para qué es? Para descubrir algo que nos permita destruir más fácilmente.

   Pero, ¿qué más nos da eso a nosotros? Si total, vivimos perfectamente, con nuestra casa con calefacción, comida caliente y una cama cómoda en la que dormir. Si total, tenemos un montón de dinero para gastar en cosas que nunca necesitaremos, que nos absorban el cerebro completamente hasta que no seamos capaces de pensar por nosotros mismos.  Al fin y al cabo, somos un ser egoísta que no se preocupa nada más que por sí mismo.  ¿Qué más nos dará a nosotros que a treinta míseros metros de la puerta de nuestra casa haya un pobre hombre, sin un techo bajo el que dormir, sin dinero para poder alimentarse?

   Nuestra sociedad esta podrida, vive engañada, creyendo que es feliz bajo una máscara de bajos índices de muerte. Pero no se da cuenta, que detrás de esa máscara lo que hay es sufrimiento, pánico, caos. No se da cuenta de que no puede seguir así, que si no colaboran todos sus miembros no conseguirán la felicidad jamás. Pero aun así la gente sigue peleando por sinrazones, por la simple desigualdad en el color de piel, por ser de un país o de otro, por llevar un trapo rojo o llevarlo azul.

   Sinceramente, no creo que haya ningún dios. No creo que haya algún ser tan sumamente cruel como para crear una raza que sea capaz de destruir el mundo que le rodea para su propio beneficio sin ni siquiera esforzarse en arreglar el estropicio. No, dudo que haya alguien así, que permita que los pequeños juguetes de su mundo se peleen en innumerables e inacabables guerras, matándose entre ellos mismos. No puede haber  alguien que permita sembrar un apocalíptico caos como este en un mundo que antes parecía incorrumpible. Es imposible que exista alguien con esa mentalidad.


"Definitivamente, si hubiera alguien que controlase nuestros actos, ya habría acabado con nosotros... o con su propia vida, al ver las barbaridades que desarrollan sus creaciones."

27 ago 2011

Por fin se ha apagado.

   Hay veces que por mucho daño que te haga algo, quieres seguir haciéndolo, sobre todas las cosas; ya sea bueno o malo, material o no. Puede que a veces vaya bien, pero la mayoría no sale según lo esperado. Estas otras muchas veces, llenas de baches, de obstáculos, de piedras en el camino, pueden volverse esperanzadoras de vez en cuando, creándote ilusiones; pero al fin y al cabo, siempre caes de nuevo al vacío inicial, al profundo abismo. Un abismo interminable, sin fin, profundo; un abismo de inimaginable amargura.
   
   Pero parece que todo esto te dé igual, porque tú sigues esperanzándote de nuevo. Te levantas, recoges tus armas del suelo, le gritas al mundo, y lo vuelves a intentar. Como estos pájaros de la mitología griega... ¿Cómo eran? Los fénix, eso, fénix. Pájaros de fuego que si se apagan renacen una y otra vez de sus cenizas, sin importarles lo que venga después. Afrontan sus peligros, sin importarles absolutamente nada, a parte de vivir.

   Lo que quiero decir, es que a veces intentas aferrarte a la vida, como estos extraordinarios pájaros, actúas como ellos, tropezando y levantándote, constantemente. Cuando piensas que todo está yendo bien por fin, que te saldrá como tú quieres por una vez, que te estás empezando a hacer ilusiones, te cae un jarro de agua fría, apagando así el fuego de tus alas. Todo se desmorona a tu alrededor, te juras que no volverás a caer en esa trampa, pero al fin y al cabo, de un modo u otro, siempre acaba resurgiendo una chispa de las ascuas, haciendo renacer la llama, avivando cada vez más el fuego. Al fin y al cabo, todo se reduce a éso, a tener un pájaro ígneo, que te haga resurgir una y otra vez.

   Pero puede que, quizá, a veces sea mejor optar por otro pájaro, cualquiera... Un gorrión, un mirlo, o incluso un cuervo. Sí, me gusta el ejemplo del cuervo. Un pájaro que muchas veces parezca más oscuro y más difícil de domesticar, pero aun así, sea la mejor elección, y te otorgue esta ansiada felicidad que todo el mundo intenta encontrar en la larga travesía que es la vida.  Por eso yo, sinceramente, me quedo con mi preciado cuervo antes que con ese glorioso fénix.


   "Porque en realidad, no se puede vivir siempre de las imaginaciones, de un "podría ser", de un mundo irreal que nunca llegará a existir, si no que tienes que quedarte en la realidad, que puede que a veces sea peor que tus fantasías, pero otras es mucho mejor."